Lúdica macábrica, lánguida prosaica, palindrómica laxante, métrica sórdida yuxtadistante de sucintos lupanares y absortos vaticinios.
Tétrica añorante, zarca, equiparable o conspicua, emblemática sanguinoliente precipitación menstrual.
Aletargo el momento, repentina metonimia hasta tu gozne, no existe amparo, ni consuelo, ni disipar en tus vocablos. Bermejo cabello sigues lacerando igual. Ya pronto caótico motivo vivo, ya pronto, mientras este opúsculo personaje pueda pensar en los términos más copiosos para decirlo e intentar otra vez…
jueves 10 de diciembre de 2009
domingo 22 de noviembre de 2009
Elena,
Todos escriben de balas y yo estoy en enamorado. Si no comienzo a sentir odio me voy a morir de hambre.
Todos escriben de balas y yo estoy en enamorado. Si no comienzo a sentir odio me voy a morir de hambre.
viernes 13 de noviembre de 2009
ALA PEQUEÑA
La vi escuchando a Hendrix sentada en un sillón lleno de pelos de perro con una caguama a sus pies, los ojos cerrados, y su tono blanco enrojecido por la mezcla del frío, el trago y la hierba. Olía justo como huele ahora. A diciembre. Un altavoz desde la calle alertaba que los tamales ya estaban calientitos. Nosotros dos solos en un rústico mezanine en Tláhuac, a las seis de la tarde, con tres años menos, queriendo que nadie regresara para podernos besar con la delicia extra que aporta el reloj en lentitud.
Se sentó encima de mí. No podía creerlo. Nunca pude creerlo. Ni cuando me tomaba de la mano, ni cuando me besaba por sorpresa, ni cuando aceptó que durmiera en su cama, ni cuando me llamaba, ni cuando me escribía de pronto.
Puedo exagerar, por la fragilidad de la memoria, pero creo que llevaba puesto la playera blanca con un extraño impreso en tono naranja con la que me parecía más bonita.
La tocaba entera y ella me tocaba a mí. Nos besábamos con la ganas contenidas del que sólo se habla por teléfono durante meses y al encontrarse tiene 48 horas para decirse y hacerse todo. Olía exactamente como huele ahora. A frío. Recuerdo más la impresión que la sensación. Abría los ojos espiándola como si yo estuviera oculto.
Se sentó encima de mí. No podía creerlo. Nunca pude creerlo. Ni cuando me tomaba de la mano, ni cuando me besaba por sorpresa, ni cuando aceptó que durmiera en su cama, ni cuando me llamaba, ni cuando me escribía de pronto.
Puedo exagerar, por la fragilidad de la memoria, pero creo que llevaba puesto la playera blanca con un extraño impreso en tono naranja con la que me parecía más bonita.
La tocaba entera y ella me tocaba a mí. Nos besábamos con la ganas contenidas del que sólo se habla por teléfono durante meses y al encontrarse tiene 48 horas para decirse y hacerse todo. Olía exactamente como huele ahora. A frío. Recuerdo más la impresión que la sensación. Abría los ojos espiándola como si yo estuviera oculto.
Un estruendo color ámbar nos detuvo. Le pegamos a la caguama con los pies. Fragmentos del embase se multiplicaron, señal de que todo tenía que parar.
No era extraño, en eso que teníamos, que algo insólito ocurriera. Largas filas de “caguamas por estallar” todo el tiempo nos detuvieron.
No era extraño, en eso que teníamos, que algo insólito ocurriera. Largas filas de “caguamas por estallar” todo el tiempo nos detuvieron.
***
Ahora siempre les busco un lugar. La mesita de centro, el buró, la parte baja del sillón -pero del lado del descansa brazos-, o de plano la llevo apresurado a la cocina y me olvido del trago mientras beso.
martes 20 de octubre de 2009
POR LAS AZOTEAS
Desde lo más alto de las casa envían sus mensajes. Descubrío que los lunes los ladridos son distintos y que los sábados todos están decididos a ladrar. Desde las azoteas los perros se hablan. Se dicen que es lo que está por venir. Se narran el cotidiano pero sobretodo, relatan lo que está pasando en cada una de las casa en donde viven. Son un indicador perfecto para los estudiosos del comportamiento humano. Pueden revelar al intimidad de un hogar. Lo que ocurre en sus entrañas.
El problema es que pocos puden decifrar un código tan ajeno, tan estruendoso. Camilo Rodríguez Urrieta lo había conseguido. Lo logró a fuerza de vivir en cautiverio 19 meses y 7 días en el palomar de la unidad habitacional de San Nicolás. Barrio Bravo. Sórdido espacio de grises y oscuros. Nueve Copas casi había perdido todo y ahora ese era su lugar. Parecía que había caido en una realidad lateral. Por todos lados hablanban de la macraba estancia que se vive en un secuestro. De la voraz mente de un demente. Del calvario familiar. De los auriculares helados en la llamadas de rescate. De las pruebas de vida. De las amputaciones.
Afiló un nueve de copas con la lengua. Era cartón, el mismo cartón de siempre, pero estaba vez desde un el lado decadente.
Compredió esa tardenoche que podía entender a los perro. Desde los techos le gritaron que estaba apunto de morir.
El problema es que pocos puden decifrar un código tan ajeno, tan estruendoso. Camilo Rodríguez Urrieta lo había conseguido. Lo logró a fuerza de vivir en cautiverio 19 meses y 7 días en el palomar de la unidad habitacional de San Nicolás. Barrio Bravo. Sórdido espacio de grises y oscuros. Nueve Copas casi había perdido todo y ahora ese era su lugar. Parecía que había caido en una realidad lateral. Por todos lados hablanban de la macraba estancia que se vive en un secuestro. De la voraz mente de un demente. Del calvario familiar. De los auriculares helados en la llamadas de rescate. De las pruebas de vida. De las amputaciones.
Afiló un nueve de copas con la lengua. Era cartón, el mismo cartón de siempre, pero estaba vez desde un el lado decadente.
Compredió esa tardenoche que podía entender a los perro. Desde los techos le gritaron que estaba apunto de morir.
martes 13 de octubre de 2009
EN EL PATÍBULO/SHAWERSDEPUREZA
En el patíbulo, en el borde del pricipicio estaban. Andaban sin luces una carretera sinuosa y con neblina de Michoacán. Él confiaba y dormía. Ella jugaba mientras conducía a soportar el vértigo de 10 segundo en oscuridad. Apretaba sus ojos verdes. Manejaba sólo con la mano izquierda y de oído.
Una zanja lo despertó brevemente como una una turbulencia dentro del sueño que tenía en el que viajaba de México a Bocagrande en un Boeing 474-colosal ave de fierro-, que sólo transportaba a dos.
***
Dos cervezas heladas a un lado de la carretera rumbo a Lázaro Cárdenas fueron el desayuno. Le gustaba oler al medio día a camarones con cerveza mientras conducía y fumaba. Convencido, el aceptaba ese aroma a cambio de besos.
Dos ancianos vendían gasolina sobre la carretera. Anticipaban que pasarían 78.4 kilómetros antes de la la próxima gasolinera. A menos ahí había jícamas con chile, aguas de chía, tacos de canasta, chaparritas de sabores -heladas en un balde de aluminio con hielo al que se le derretía la tierra de camino-, pepino con piquín, ollitas con escuer y tequila.
Dos minutos largos fueron destinados para un beso que había aguardado 16 horas con 673 kilómetros. Ella dijo poco, nada más volteó la cabeza y le acomodó lo lentes como diadema. No se detuvieron. Calleron en el piso del lado del copiloto junto a una lata de aluminio. No supo que decir y mejor no dijo nada. Se pegó su pene a la entrepierna por la humedad de esta zona de sierra y por la de ella que sabía, ya cerca de las tres de la tarde, a un exquisto platillo de mar y tierra.
Dos veces a la semana, Lonlynaits soñaba con que eso ocurriera.
Una zanja lo despertó brevemente como una una turbulencia dentro del sueño que tenía en el que viajaba de México a Bocagrande en un Boeing 474-colosal ave de fierro-, que sólo transportaba a dos.
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Dos cervezas heladas a un lado de la carretera rumbo a Lázaro Cárdenas fueron el desayuno. Le gustaba oler al medio día a camarones con cerveza mientras conducía y fumaba. Convencido, el aceptaba ese aroma a cambio de besos.
Dos ancianos vendían gasolina sobre la carretera. Anticipaban que pasarían 78.4 kilómetros antes de la la próxima gasolinera. A menos ahí había jícamas con chile, aguas de chía, tacos de canasta, chaparritas de sabores -heladas en un balde de aluminio con hielo al que se le derretía la tierra de camino-, pepino con piquín, ollitas con escuer y tequila.
Dos minutos largos fueron destinados para un beso que había aguardado 16 horas con 673 kilómetros. Ella dijo poco, nada más volteó la cabeza y le acomodó lo lentes como diadema. No se detuvieron. Calleron en el piso del lado del copiloto junto a una lata de aluminio. No supo que decir y mejor no dijo nada. Se pegó su pene a la entrepierna por la humedad de esta zona de sierra y por la de ella que sabía, ya cerca de las tres de la tarde, a un exquisto platillo de mar y tierra.
Dos veces a la semana, Lonlynaits soñaba con que eso ocurriera.
martes 21 de julio de 2009
No se trataba de una metáfora. Llevaba 3 días enteros sin dormir. Tenía un necesidad imperante de estar despierto, de salir, de hacer más que postrarme en la cama esperando a que algo pasara. Sin conocer, caminaba noche enteras, veía las cosas tan extrañas, tan extranjeras.
En mi memoria, la historia de Platt...
"Mi madre me dijo que seguramente había yo dormido, pues era imposible que no hubiera dormido en todo ese tiempo, pero si dormí fue con los ojos muy abiertos, pues había seguido el curso de la manecilla del segundo, de la del minutero y de la que marca las horas del reloj, en sus círculos y semicírculos, durante todas las noches de los siete días, sin perder un segundo, ni un minuto, ni una hora",
Me identifico con las que no duermen. Nos reconocemos. Los nocturnos sólo se conocen y nosotros nos conocimos.
Ahora, con los latidos del corazón a un ritmo intenso y con flemas interminables en la garganta corro a tu lado, paso las tiendas, empujo, corro a tu lado, pensado en que es problable que me haya equivocado en pensar sí eramos.
En mi memoria, la historia de Platt...
"Mi madre me dijo que seguramente había yo dormido, pues era imposible que no hubiera dormido en todo ese tiempo, pero si dormí fue con los ojos muy abiertos, pues había seguido el curso de la manecilla del segundo, de la del minutero y de la que marca las horas del reloj, en sus círculos y semicírculos, durante todas las noches de los siete días, sin perder un segundo, ni un minuto, ni una hora",
Me identifico con las que no duermen. Nos reconocemos. Los nocturnos sólo se conocen y nosotros nos conocimos.
Ahora, con los latidos del corazón a un ritmo intenso y con flemas interminables en la garganta corro a tu lado, paso las tiendas, empujo, corro a tu lado, pensado en que es problable que me haya equivocado en pensar sí eramos.
lunes 22 de junio de 2009
Pasamos la puerta de la entrada, juntos, sabiendo que al salir, alguno de los dos estaría incompleto. En forma metafórica y literal. Caminamos, nos dimos tiempo para una broma (una que ella solía hacerme cuando estaba nerviosa). Armó un cigarro de punta venenosa. Un bareto que nos permitiría subir las escaleras de forma más relajada. Papel tapiz enmohecido, vestiduras desgarradas, olor largo y con la brisa de la tarde, breve. A lo que huele el amor.
Recordó la estrofa de una canción y la susurró: "huele la delicía de un reloj en lentitud..."
Acarició mi pelo. Se dio cuenta de que a fuerza de no lavarlo una rasta se empezaba a formar. Me dijo -pinche puerco- en su acento diametralmente opuesto a su cara, a su piel, a su profunda mirada, la más encendida que conozco.
Yo pensé durante segundos en tomarla de la cintura, quedarnos en un cuarto, prender la televisión, subir el volumen al menos hasta el 56, y mezclar los gemidos del canal porno con los gemidos de nosotros. Sólo lo pensé.
Ella me dijo tres escalones arriba exactamente lo que yo había pensado, pero no había tiempo y sólo pegó su pantalón con todo y lo que tiene adentro al mio con todo y lo que adentro se endurecía.
El foco se había perdido en un ambiente tan terriblemente sexual. La tarde noche caía entre una lluvia fina, perfecta para una crónica, pefecta para describirla.
Elena tenía 4 días sin aparecer. Un reporte de la policía no indicó el lugar. Ella lo escuchó en el scaner. Yo sólo había ido a "trabajar" en la tarde. Dí el último claquetazo a las 6. Se trataba de una fiesta entre gueras y negros. Esos filmes se logran en 4 días.
El sonido de alguien amordazado, cuando lucha por gritar a mi me paraliza. Es como como aquellos que se desmayan con la sangre. Yo no tolero ese ruído.
El grito ahogado de Elena no fue la excepción. -Puta madre cabrón, vas a quedarte como niña parado, no que ya no se ven, vales verga pinche mentiroso, eres muy hombrecito para coger y ahorita?-, me reclamó.
No pensé en nada, sólo el abismo que hay entre su cara y forma de hablar. Como si hubiera caído en un enorme bote de plástico, sólo escuchaba las olas del mar.
Recordó la estrofa de una canción y la susurró: "huele la delicía de un reloj en lentitud..."
Acarició mi pelo. Se dio cuenta de que a fuerza de no lavarlo una rasta se empezaba a formar. Me dijo -pinche puerco- en su acento diametralmente opuesto a su cara, a su piel, a su profunda mirada, la más encendida que conozco.
Yo pensé durante segundos en tomarla de la cintura, quedarnos en un cuarto, prender la televisión, subir el volumen al menos hasta el 56, y mezclar los gemidos del canal porno con los gemidos de nosotros. Sólo lo pensé.
Ella me dijo tres escalones arriba exactamente lo que yo había pensado, pero no había tiempo y sólo pegó su pantalón con todo y lo que tiene adentro al mio con todo y lo que adentro se endurecía.
El foco se había perdido en un ambiente tan terriblemente sexual. La tarde noche caía entre una lluvia fina, perfecta para una crónica, pefecta para describirla.
Elena tenía 4 días sin aparecer. Un reporte de la policía no indicó el lugar. Ella lo escuchó en el scaner. Yo sólo había ido a "trabajar" en la tarde. Dí el último claquetazo a las 6. Se trataba de una fiesta entre gueras y negros. Esos filmes se logran en 4 días.
El sonido de alguien amordazado, cuando lucha por gritar a mi me paraliza. Es como como aquellos que se desmayan con la sangre. Yo no tolero ese ruído.
El grito ahogado de Elena no fue la excepción. -Puta madre cabrón, vas a quedarte como niña parado, no que ya no se ven, vales verga pinche mentiroso, eres muy hombrecito para coger y ahorita?-, me reclamó.
No pensé en nada, sólo el abismo que hay entre su cara y forma de hablar. Como si hubiera caído en un enorme bote de plástico, sólo escuchaba las olas del mar.
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